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los perros que crecen con gatos tienden a ser más "felinos"

Perros que crecen con gatos: ¿Se vuelven más gatos?

¿Tu perro se queda inmóvil mirándote fijamente desde la esquina de la habitación? ¿camina con sigilo? ¿se sube al sillón como si fuera suyo? ¿o juega usando solo las patas delanteras, como si estuviera practicando kung-fu felino? Antes de preocuparte, hay una explicación muy probable: tu perro creció con gatos.

La convivencia desde una edad temprana de perros con gatos no solo es posible, sino que puede dar lugar a una de las relaciones más curiosas, divertidas y enriquecedoras del mundo animal. Cuando un cachorro se desarrolla rodeado de felinos, su comportamiento, su forma de relacionarse y hasta su manera de ver el mundo pueden verse influenciados de formas inesperadas… y un poco misteriosas.


Cuando el cachorro aprende que los gatos también son familia

Los cachorros atraviesan una etapa clave de socialización entre las 3 y 12 semanas de vida. Durante este periodo, su cerebro está especialmente abierto a aceptar estímulos, rutinas y, por supuesto, otras especies como parte normal de su entorno.

Si en ese momento hay gatos en casa, el cachorro no los percibe como algo extraño. Para él, son parte de su manada. El resultado es simple pero poderoso: el perro aprende desde pequeño que convivir con gatos es lo normal.

Esto no solo reduce conflictos futuros, sino que también moldea su comportamiento de maneras muy particulares. Muchos perros criados con gatos desarrollan gestos y actitudes que recuerdan sorprendentemente a los felinos. No es locura… es aprendizaje social.


Conductas “felinas” que aparecen en perros criados con gatos

Uno de los aspectos más llamativos de criar perros con gatos, es la aparición de comportamientos poco habituales en perros que siempre se han relacionado con otros canes.

Entre los más comunes están:

  • Posturas corporales felinas: algunos perros se sientan de forma compacta, con las patas recogidas, muy similar a la clásica postura de “pan de gato”
  • Gusto por las alturas: sillones, respaldos, camas o muebles elevados se convierten en puntos estratégicos de observación
  • Juego más calculado: en lugar de lanzarse de golpe, observan primero y usan más las patas delanteras para interactuar con juguetes
  • Miradas intensas y silenciosas: no siempre ladran para llamar la atención; a veces simplemente te observan… fijamente


Los gatos como maestros de límites y modales

A diferencia de muchos perros adultos, los gatos no dudan en marcar límites. Un zarpazo (generalmente sin uñas) o un bufido, es una lección clara para cualquier cachorro demasiado entusiasta.

Gracias a esto, los perros que crecen con gatos suelen aprender algo muy valioso: autorregulación. Descubren cuándo parar, cómo acercarse con más cuidado y qué señales indican que el juego terminó.

Este aprendizaje no solo mejora la convivencia con gatos, sino que también se refleja en su interacción con otros perros, otros animales que convivan como mascotas, personas e incluso niños. Son perros que, en general, saben leer mejor el lenguaje corporal y reaccionan con menos impulsividad.


Vínculos afectivos que van más allá de la especie

Uno de los grandes mitos es que perros y gatos solo “se toleran”. En la práctica, cuando crecen juntos, pueden desarrollar vínculos profundamente afectivos.

No es raro ver:

  • Perros lamiendo o acicalando a sus compañeros felinos
  • Siestas compartidas
  • Búsqueda mutua de contacto
  • Conductas de protección

Esta relación aporta beneficios emocionales a ambos. Reduce el estrés, la ansiedad por separación y fomenta una sensación de compañía constante. En muchos casos, el perro adopta una actitud más tranquila y observadora, probablemente influenciado por el ritmo felino.


Convivencia diaria: claves para que funcione

Aunque crecer juntos suele facilitar la relación, hay ciertas pautas que no deben ignorarse:

  • Introducción gradual: Al inicio, es recomendable permitir que se vean y se huelan a través de barreras, como puertas para bebés o rejas, antes del contacto directo
  • Espacios seguros para el gato: Los gatos deben contar siempre con lugares elevados donde refugiarse y observar sin ser molestados
  • Supervisión y refuerzo positivo: Premiar las interacciones calmadas ayuda a reforzar el comportamiento adecuado y a crear asociaciones positivas
  • Atención con razas “cazadoras”: Algunas razas, como terriers o huskies, pueden requerir mayor supervisión y entrenamiento, aunque esto no significa que la convivencia sea imposible


Menor riesgo de agresividad en el futuro

Uno de los beneficios más importantes de criar perros junto con gatos es la notable reducción del riesgo de agresividad hacia ellos en la etapa adulta. Un perro que ha convivido con gatos desde cachorro aprende a verlos como parte natural de su entorno, no como presas. Esto le permite reaccionar con mayor calma, evitando respuestas de miedo o excitación excesiva, y tolerar mejor sus movimientos, sonidos y comportamientos propios.

Este aprendizaje temprano resulta especialmente valioso en hogares donde pueden incorporarse nuevos gatos con el tiempo. No obstante, durante la etapa de cachorro sigue siendo fundamental la supervisión constante, ya que el perro aún no es plenamente consciente de su tamaño y fuerza, incluso cuando su intención es simplemente jugar.


El pequeño misterio de vivir con un “perro-gato”

Cuando convives con un perro criado con gatos, es normal preguntarte si algo raro está pasando. ¿Por qué no ladra tanto? ¿Por qué se sienta así? ¿Por qué parece juzgarte en silencio? La respuesta suele ser sencilla: aprendió observando.

Los perros son expertos en copiar lo que ven, y cuando sus primeros modelos de conducta son gatos, el resultado es una mezcla encantadora entre lo canino y lo felino. Un perro que juega, se mueve y hasta “piensa” un poco como gato.

Criar perros con gatos no solo es una excelente forma de asegurar una convivencia armoniosa, sino también una oportunidad única de formar mascotas más equilibradas, empáticas y adaptables.


Puntos claves:

  • Crecer junto a gatos durante la etapa de socialización hace que los perros los perciban como parte de su familia, reduciendo conflictos y favoreciendo una convivencia natural.
  • Muchos perros criados con gatos adoptan conductas “felinas”, como posturas compactas, gusto por las alturas, juegos más calculados y miradas silenciosas.
  • Los gatos enseñan límites y modales al cachorro, ayudándolo a desarrollar autorregulación, mejor lectura del lenguaje corporal y menor impulsividad.
  • Esta convivencia puede generar vínculos afectivos reales entre especies, reduciendo el estrés y fomentando una actitud más tranquila y observadora en el perro.
  • Un perro que crece con gatos tiene menor riesgo de agresividad en el futuro, aunque siempre es clave una introducción gradual y supervisión constante.

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